GESTIÓN DEL CAMBIO: DE IMPLEMENTAR A CONSOLIDAR

Los cambios organizacionales suelen tener un momento reconocible, puede ser porque una nueva estrategia comienza a ejecutarse, una reestructura entra en vigor, se modifica un proceso o una herramienta empieza a utilizarse. A partir de ese momento comienza una etapa para lograr que el cambio se incorpore a la operación y alcance los resultados previstos.

Esta es una de las principales responsabilidades de la gestión del cambio: conducir a la organización desde una decisión hasta su incorporación efectiva en la operación.

La evidencia muestra que conseguirlo es complejo. McKinsey, por ejemplo, analizó la experiencia de más de 2,000 ejecutivos pertenecientes a 900 empresas y encontró que menos de la mitad consideraba que la mayoría o la totalidad de sus esfuerzos de cambio habían cumplido los objetivos planteados y sostenido sus resultados. El estudio encontró, además, una diferencia relevante a largo plazo: dos años después, las organizaciones con mayores capacidades para implementar el cambio conservaban aproximadamente el doble de los beneficios financieros alcanzados frente a aquellas con menores capacidades.

Estos resultados muestran que el valor de un cambio no depende únicamente de su implementación, sino también de la forma en que se planea y se incorpora a la operación para generar resultados y mantenerlos.

Por ello, la gestión del cambio debe considerarse desde la planeación. Es necesario conocer su alcance, identificar a las áreas y personas involucradas y entender qué efectos tendrá sobre las responsabilidades, capacidades y formas de trabajo. Incorporar esta perspectiva desde el inicio permite considerar las condiciones necesarias para llevar el cambio a la práctica.

La importancia de hacerlo puede observarse en un estudio de mejores prácticas realizado por Prosci, organización especializada en investigación y metodologías de gestión del cambio, en el cual se analizó la experiencia de más de 2,600 profesionales. El 88 % de quienes calificaron su gestión del cambio como excelente alcanzaron o superaron los objetivos de sus proyectos; entre quienes la calificaron como deficiente, la proporción fue de sólo 13 %.

La diferencia es relevante porque muestra que el éxito del cambio también depende de cómo las personas lo incorporan a su forma de trabajar, un aspecto que no siempre recibe la misma atención durante su diseño e implementación.

Una limitación frecuente aparece cuando primero se diseña el cambio y después se involucra a las personas. Bajo esta lógica, la comunicación y la capacitación se incorporan al final, una vez definidas las principales decisiones, lo que puede dificultar que las personas comprendan el propósito del cambio, su impacto y el papel que tendrán durante la transición.

Es en este contexto donde puede aparecer la resistencia al cambio. Ésta no responde a una sola causa ni implica necesariamente una oposición al cambio, pero puede estar relacionada con incertidumbre, falta de información, afectaciones percibidas en el trabajo o poca confianza en quienes conducen el proceso. Identificar su origen permite definir acciones específicas para atenderla y reducir su impacto durante la transición.

Involucrar oportunamente a quienes serán afectados permite anticipar dificultades, conocer cómo las decisiones impactarán en la operación y aprovechar su experiencia para preparar la transición. Su participación aporta información que difícilmente puede obtenerse sólo desde el diseño del cambio y permite ajustar la manera en que éste será llevado a la práctica.

Además, pocas organizaciones enfrentan un solo cambio a la vez. Una misma persona puede estar adaptándose simultáneamente a nuevas herramientas, responsabilidades, indicadores, controles o prioridades. El desafío no está necesariamente en cada modificación de manera aislada, sino en el efecto que producen cuando se acumulan y compiten por la atención, el tiempo y la capacidad de adaptación de las personas.

Este efecto ha cobrado relevancia en los estudios sobre gestión organizacional. Gartner utiliza el concepto de fatiga del cambio para describir respuestas como apatía, agotamiento y frustración ante una exposición continua a transformaciones. Su investigación señala que los colaboradores que experimentan esta condición muestran menores niveles de confianza, menor disposición para realizar esfuerzos adicionales y menor intención de permanecer en la organización.

Gestionar el cambio requiere observar no sólo el impacto de cada transformación, sino también el contexto en el que ocurre. Conocer qué cambios coinciden, a quiénes afectan y qué exigencias adicionales generan, permite anticipar posibles puntos de saturación y tomar decisiones sobre su ritmo, prioridad o implementación.

El liderazgo tiene una responsabilidad directa en este proceso. Las prioridades, los recursos y las decisiones cotidianas de la dirección envían señales sobre la importancia real del cambio. Su participación debe mantener coherencia entre lo que la organización busca modificar y las decisiones que se toman durante la transición.

Evaluar los resultados requiere la misma perspectiva. Cumplir una fecha de implementación o concluir las actividades previstas permite conocer el avance de un proyecto, pero no necesariamente si el cambio produjo el efecto esperado. Para determinarlo es necesario observar su impacto en el desempeño y darle seguimiento una vez incorporado a la operación.

Si el propósito era reducir tiempos, disminuir errores, fortalecer controles, eliminar retrabajos o mejorar el servicio, esos efectos deberían poder medirse y mantenerse.

Una encuesta global de McKinsey permite observar la magnitud de este desafío. El 56 % de los participantes señaló que su organización había alcanzado la mayoría o la totalidad de los objetivos de desempeño establecidos para una transformación; sin embargo, sólo 12 % afirmó haber mantenido esas mejoras durante más de tres años.

La investigación también estimó que las organizaciones dejan sin capturar, en promedio, 42 % del beneficio económico que esperaban obtener de sus transformaciones. Esto significa que una parte importante del valor esperado puede no alcanzarse durante la ejecución o perderse posteriormente cuando los resultados no logran sostenerse.

Estos datos refuerzan la importancia del seguimiento posterior a la implementación. Medir los resultados permite identificar desviaciones, realizar ajustes y determinar si las nuevas prácticas están generando el efecto que justificó el cambio.

Consolidar el cambio significa lograr que las nuevas formas de trabajo se incorporen de manera efectiva a la operación. Para lograrlo, las nuevas responsabilidades, prácticas y criterios deben integrarse a los procesos, acompañarse durante su ejecución y evaluarse a partir de los resultados que generan.

Una organización puede invertir en nuevas estrategias, procesos o herramientas y aun así no obtener el resultado esperado. La diferencia está en lo que ocurre después de tomar la decisión: cómo se prepara a la organización, cómo se acompaña a las personas y cómo se asegura que el cambio permanezca cuando termina la implementación. Gestionar esa transición no es un complemento del cambio; es lo que permite convertirlo en resultados.